Por qué siempre tengo la
sensación que algo malo esta por ocurrir. Si está todo bien, los nenes están
bien, saludables. Ellos juegan, se ríen, se pelean, se divierten. Por qué no me
puedo contagiar de esa alegría y disfrutarlos plenamente sin que en mi cabeza
me invadan miedos oscuros tales como: “Y si tengo alguna enfermedad y no puedo
seguir cuidándolos o disfrutando de ellos”.
Tiemblo. Tengo frio. Mis manos están
heladas, también mis pies que lentamente se me van humedeciendo. Y tiemblo. Me
angustio. Necesito levantarme, caminar, salir. Me falta el aire. Siento como si
una mano siniestra me oprimiera la garganta. Y lucho, consciente de que este
temor es producto de mi imaginación. Respiro hondo y exhalo. Vuelo a respirar
hondo y vuelvo a exhalar. Me hiperventilo ¡La puta madre! No logro calmarme.
Pero sé que tengo que hacerlo. Los nenes están ahí. Él, mi amor, su papá,
también está ahí. Creo que él sabe pero no me mira, no me pregunta, me ignora y
yo también intento hacerme la distraída. Necesito ocuparme con alguna tarea
doméstica.
Me levanto a lavar los platos,
ordeno la cocina y luego me voy al baño. Me miro al espejo y veo que han pasado
los años en mi piel, en mi pelo, pero no en mis ojos que ahora se ven muy
tristes, empañados. Y lloro. Se me cae el pelo y vuelvo a preocuparme por mi
salud, siempre pensado en negativo. Respiro hondo, exhalo. Una vez más. Tengo
que volver y mantenerme firme y fuerte. Son sólo diez minutos, dicen. Mis
palpitaciones siguen aceleradas. Una vez más, respiro hondo y me lavo la cara
con agua fría, me mojo las muñecas y la nuca. Ya pasa. Vamos, vos podes,
siempre pudiste.
Listo, ya pasó. Vuelvo a la
cocina, sonrío y soy otra. Soy dos: la mujer fuerte que lucha día a día por
vivir feliz y tranquila. Y la mujer escondida bajo mi propia sombra que llora y
tiene miedo.
Sólo
se trata de vivir…
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